El País

París se tatúa el nombre de Gaultier en la piel

A la izquierda, una mujer en un estudio de tatuaje en Aldershot, Hampshire, Inglaterra (1951); a la derecha, un diseño de la colección primavera-verano 2012 de Jean Paul Gaultier.

El espectáculo empieza antes incluso de que dé comienzo el desfile. En una semana de la moda sofocante, en la que las invitaciones acaban convertidas en abanicos improvisados, las modelos se visten bajo unos focos abrasadores y ante la atenta mirada del público. Esta vez no hay telón. El escenario es una ventana indiscreta al backstage de Jean Paul Gaultier. En lugar de música, una descripción en francés e inglés de cada uno de los diseños.

Como en las imágenes en blanco y negro de los desfiles de Alta Costura de los años 50, Gaultier en persona da los últimos retoques antes de que, una tras otra, las modelos pisen la pasarela con una tarjeta en la que podemos leer el número de su look. Una antigua chica del tiempo francesa anuncia con micrófono: «Número 1: Belle de Jour. Karlie Kloss. Le gusta el color turquesa y el chocolate».

Blazers de raya diplomática, camisas blancas asimétricas, chalecos sastre de corte perfecto, diseños de aire bretón, gabardinas de mil y una formas, lencería, batines de seda, medias tatuadas, cinturones-corsé, piercings, bodies trasnparentes que crean la ilusión de un body painting marinero pintado en la piel con tinta azul… La colección incluye todos y cada uno de los diseños más emblemáticos del eterno enfant terrible de la moda… tatuajes incluidos –que son la alternativa subversiva a los estampados de serpientes que presentó un día antes Alber Elbaz en Lanvin–. «Es casi un clásico burgués, hoy todo el mundo tiene un tatuaje o por lo menos un piercing» explicó Gaultier tras el desfile.

A la izquiera, una propuesta de Lanvin; a la derecha, una modelo de Jean Paul Gaultier.

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