Una cosa os digo: no se regalan suficientes cuchillos. No sé si vais a tener ocasión porque ya no celebro nada, pero si alguna vez tenéis que hacerme un regalo y estáis sin ideas, tirad hacia las armas blancas, que por ahí van los tiros (qué desencuentro de frase).
Ahora que vivo a diario la trepidante experiencia de consumir lo que yo misma cocino, estoy haciendo uso de un juego de cuchillos que mi madre tenía de sobra (el otro día descubrió que tenía una batidora americana sin estrenar, así es ella). Los cuchillos no son muy buenos, creo, y cortan muy mal, así que decidí informarme bien de cómo afilarlos eficientemente. Tras un periodo de intensa documentación en internet donde me enteré de los materiales aconsejables, del ángulo adecuado para poner la hoja, el movimiento que se requiere y de la diferencia entre afilar un cuchillo y asentar el filo con una chaira, salí a la calle y fui directa a comprarme un cuchillo de cerámica, cuyo filo dura infinitamente más que el de uno de acero.
El hecho de que la hoja del cuchillo sea de cerámica (dióxido de zirconio) y no metálico me parece fascinante, porque parece un cuchillo de plastiquito de mentira, pero corta como la Excalibur. El placer de cortar un tomate maduro en cuadrados perfectos, sin ningún tipo de esfuerzo, me ha hecho casi derramar una lágrima. Me pregunto, sin tener a nadie en concreto en mente, si podría pasar con él por un detector de metales.
Entre sus otras ventajas está que no se oxida, ni guarda olores. Pero eso sí, ya he leído en todos sitios que más vale que no se me caiga al suelo. No es que el radio de acción en mi cocina permita movimientos muy amplios, pero tengo la mala costumbre de arrojar cuchillos al fregadero, como si me quemaran las manos.
En cuanto a mi habilidad para cortar… ¿Qué puedo deciros? Hace unos años, un director de arte con el que trabajaba, harto de que me escaqueara siempre del proceso de montar los bocetos para las presentaciones, me pidió que le ayudara a cortar cartones pluma. En cuanto me puse a ello y observó mi depurada técnica en el trabajo manual, se acercó a mí, me quitó el cutter de las manos, me cogió por los hombros y me dijo “Déjalo, no hace falta. Y Carmen, prométeme que nunca vas a coger un cutter ni nada que corte estando sola”. Se lo prometí, pero ¿qué voy a hacerle? Me gusta el riesgo.






