Hace unos quince días que empecé a seguir la regla del minuto. El viernes llegué a casa cansada, con sueño y con suficiente alcohol en la sangre como para olvidarme de ella por primera vez desde que la adopté. A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, me quedé paralizada por el desconcierto.
Tejidos de ligero aspecto antropomorfo yacían diseminados por la habitación, contorsionados en posturas caprichosas, exhibiendo sus grotescos relieves. Mi cerebro me mandó un mensaje: No seas mema; es tu ropa.
-¿En serio la dejé tirada anoche? –le contesté-. Me parece horrible.
-No hace ni un año que escribiste esta tira.
-Ya, pero eso se acabó. Desde que sigo la re…
-Sí, sí, la regla del minuto. No seas brasas, que soy tu propio cerebro.
La regla del minuto no ha cambiado radicalmente mi vida, no me ha convertido en una persona mejor, ni ha hecho que termine los manuscritos que tengo a la mitad, pero en tan sólo quince días ha operado enormes mejoras en mi rutina vital.
Esta regla se la copié a Gretchen Rubin, mientras me leía su libro The Happiness Project. Ella no le dedica más de un párrafo a este asunto, que para mí es el de mayor interés de todo el libro, lo cuál os dará una idea aproximada de nuestra afinidad de criterios y de lo que, personalmente, he disfrutado de la lectura. Pero desde aquí le mando a la autora un high-five virtual, porque sin ella no estaría yo escribiendo este post, y porque al menos ella, termina y publica sus manuscritos.
Esta regla de autodisciplina consiste en no posponer cualquier tarea que puedas completar en un minuto. Vaya cosa, ¿no? Una de esas genialidades de la autoayuda que podría resumirse en “hacer lo que hay que hacer”.
Pues no. Y os voy a explicar por qué. He descubierto que la regla del minuto funciona perfectamente en psicologías tan complicadas como la mía, porque es el equivalente temporal del “TODO A UN EURO”. Si me dices que tengo que quitarme la ropa y doblarla en el mismo momento, te voy a decir que sí, que me esperes en tu casa, que en cuanto termine voy a limpiarte también la cocina. Pero si el argumento es “sólo es un minuto”, no puedo no hacerlo. Un minuto no es nada, es demasiado barato energéticamente hablando como para justificar el incumplimiento de la regla. Me saldría mucho más caro lidiar con la culpa, así que me callo y lo hago. Para que me entendáis, la regla del minuto es el paquete de kleenex que le compras a un mendigo por un euro, porque se ha puesto demasiado pesado, y porque además, se te están cayendo los mocos.
¿Por qué recomiendo la regla del minuto? Aquí van unas cuantas razones:
-Hacer las paces con tu yo del pasado
No sé qué tal os llevaréis vosotros con vuestro yo del pasado. Quizá sea de esas personas amables que os deja dinero en los bolsillos, el frigorífico lleno de cosas para prepararos la cena, una nota amable para recordaros algo… En fin, yo a mi yo del pasado ni siquiera le pido eso, tan sólo le pido que no me odie, que tenga piedad. En los últimos meses parece que hubiera desarrollado verdadera animadversión hacia mi persona, es decir, la Carmen del presente. Tanto que cuando vi este vídeo, casi se me saltan las lágrimas, por lo identificada que me sentí:
La regla del minuto me ha ayudado en parte a lograr una reconciliación con mi yo del pasado. Se sigue comiendo todo lo que me gusta y me deja sin nada, pero al menos ya no me obliga a ir recogiendo todo lo que deja tirado, ni a terminar en el último momento, lo que ha dejado a sin hacer.
-Cambiar los hábitos
Los hábitos son esos modelos de conducta por defecto que seguimos para no tener que estar tomando decisiones a diario: “¿me ato los zapatos? ¿cómo lo hago?, ¿me cepillo los dientes? ¿ahora o después de desayunar?”. No sé vuestros hábitos, pero los míos se han instaurado siguiendo rigurosamente, y sin el menor atisbo de rebelión, la sagrada Ley del Mínimo Esfuerzo, que es una ley muy popular, pero que quizá no da lugar a las acciones más brillantes, o a las que aporten mayor satisfacción. La regla del minuto me ha obligado a infringir esta ley, porque un minuto es más que nada, pero es tan poco, que no crees vayas a tener que negar tu verdadera naturaleza. Así que lo haces: doblas y guardas la ropa, dejas el baño como estaba después de ducharte, pones la lavadora, sacas las cosas del lavavajillas en cuanto termina, el fregadero está siempre vacío, la mesa del salón no acumula cosas porque dejas todo en su sitio después de usarlo. Así redactado parece que te ha poseído Mary Poppins, pero cada acción por separado no te ha llevado más de un minuto.
Y lo mejor es que en pocos días estas pequeñas negociaciones van desapareciendo paulatinamente porque tu cerebro ha asumido el nuevo comportamiento como hábito.
-La energía ni se crea ni se destruye: se finge
La regla del minuto te obliga a levantarte del sofá setenta veces. No vale decir “dejo esto aquí y cuando me levante luego lo llevo todo”. Te obliga a moverte por la casa ordenando todo, a contestar a un mail (si es una contestación de un par de líneas) aunque te estés muriendo de sueño o hacer esa llamada. De repente, te ves a ti mismo como una persona activa, capaz de moverse mucho, y completar tareas de manera eficiente. En mi caso, concretamente, esto significa una especie de crisis de identidad: ¿Quién soy? ¿De verdad puedo hacer cosas? ¿Estoy acaso sintiéndome satisfecha conmigo misma? ¿Is this real life? Entras en un especie de delirio de grandeza y creyéndote invencible, te arrojas a gestas tales como limpiar el frigorífico, contestar a ese mail que requiere tres párrafos o ir a hacer la compra cuando aún te queda algo de comida. Y resulta que eso aporta aún más satisfacción.
-Todos somos Virgo
Yo no creo en el horóscopo, pero siempre que definen a los Virgo como personas ordenadas, siento que estoy traicionando a mi raza. Porque yo siempre he sido demasiado vaga para mantener el orden, pero en realidad obtengo un placer indescriptible ante la imagen de objetos alineados y superficies limpias. En mayor o menor grado, creo que esto es común a todas las personas. Y parece mentira como una regla tan tonta y tan simple, puede ayudarte a disfrutar de este placer con mayor frecuencia y por lo tanto mejorar el humor y sentirte con el ánimo adecuado para, ahora sí, enfrentarte con todo lo demás.










