El País

El último día que escribo en mi blog de SModa

Qué día más triste para despedirme. Quizá esto os pille algo por sorpresa pero este mes termina Sujeto de Pruebas y lamentablemente no habrá un blog que lo sustituya. Puede que colabore ocasionalmente con SModa pero ya no tendré un lugar fijo aquí en el que contaros mis peripecias.

Me da pena porque me lo he pasado muy bien y sobre todo, porque me han dejado que me lo pase muy bien. En el año exacto que llevo colaborando aquí, anteriormente con ese blog desquiciante llamado Memorama y ahora con Sujeto de Pruebas he podido escribir libremente sobre lo he querido y me ha apetecido en cada momento (dentro o casi dentro de la temática del blog, claro) y nunca he recibido una llamada de “se te está yendo la pinza” o “escribe sobre esto que nos da más visitas”. Las chicas de la edición digital de SModa siempre me han dado libertad total y me he sentido aquí como en mi casa. Pocos colaboradores, en medios tan grandes como éste, disfrutan de ese lujo.

También me he sentido insólitamente querida y respetada por lectores y comentaristas. Muchas personas me han conocido a través de este blog y han decidido quedarse cerca y seguirme en mis andanzas. A todos, de verdad, muchísimas gracias.

En este último post me gustaría hacer un repaso a las “pruebas” que más me ha gustado hacer o que he incorporado como hábitos a mi vida:

-La regla del minuto

Qué voy a deciros sobre esto que no os haya dicho ya en los 8.0284.394 posts en la que la he mencionado. Funciona, en serio, ha cambiado mi vida cotidiana.

-El efecto tetris

Mgñ, a la larga no funciona tan bien como lo anterior y tampoco te quita las penas más hondas del alma, pero el hábito del diario es útil (aunque sólo sea hacer una foto con el móvil para recordar un momento) y es cierto que en general te hace más optimista, cosa que a mí me hacía muchísima falta.

-Bicarbonato para el pelo

Lo pongo porque sé que me lo vais a preguntar. Cuando me fui a Seattle lo tuve que dejar porque por las mañanas no tenía tiempo para hacer la mezcla (aunque sólo lleva unos minutos). Estuve utilizando champús naturales sin sulfatos y me iban muy bien, pero cuando volví aquí, acabé usando de nuevo el champú normal. Creo que mi pelo estaba más brillante y con mejor aspecto cuando usaba el bicarbonato, pero nunca logré que se me dejara de engrasar a menudo. Sólo pude espaciar los lavados un día más, y el proceso ese de aguantar sin lavármelo fue un infierno pelosucio que no quiero volver a vivir. De todas formas, cuando acabe mi bote de champú actual, me compraré un champú natural o volveré al bicarbonato.

-El arte de doblar

Las camisetas las sigo doblando como antes, ¡pero ya no hay sábana bajera que se me resista!

-La máquina Sodastream

Las veces que una marca me ha regalado algo para que lo pruebe y escriba sobre ello, supongo que os habéis preguntado si era una reseña interesada o estaba siendo sincera de verdad. Siempre he sido sincera. Y creo que si me habéis estado leyendo a menudo sabéis cómo calibrar mi grado de entusiasmo con los productos a través de lo que escribo. Pues bien, ya no hay posible compromiso con esta marca y aún así os la recomiendo. La uso todos los días para hacer simple agua con gas y me ha ayudado mucho a reducir cierto consumo.

-El informe rosa

Hablando de marcas… Cuando escribí sobre esto, lo hice por mi cuenta, desde luego, pero el departamento de comunicación de Bimbo descubrió mi post. Podrían haberse alegrado sin más de que les hubiera hecho esa publicidad indirecta y desinteresada, pero decidieron ponerse en contacto conmigo. Si me seguís por twitter o facebook ya sabréis que me mandaron esta cajita como agradecimiento. Me hizo más ilusión que un abrazo de Espinete.

-Conocer una ciudad corriendo por ella

Algunos de mis momentos más felices en Seattle, y cuando digo felices, quiero decir química y mesurablemente superfelices, los viví gracias a salir a correr por las mañanas y dedicarme ese tiempo a mí y a mi salud. No sólo física, sino mental. Aquellas calles de jardines espectaculares en las que yo era la única transeúnte, las vistas increíbles de la ciudad desde las partes más altas, los parques verdes e inmensos y otras cosillas, como LA TUMBA DE BRUCE LEE, son los momentos que, cuando esté a punto de morir, quiero que me pasen ante los ojos.

Bueno, ¿y ahora qué? ¿Cómo nos despedimos después de tanto tiempo? ¿Cada uno por su lado y ya está? Bueno, espero que no. La mejor manera de que no me pierdas de vista es que me sigas por mi cuenta de Twitter o mi página de Facebook. Próximamente, en octubre, voy a empezar dos colaboraciones en otros medios con las que estoy muy ilusionada. ¿Pero será igual? Pues no exactamente. Tengo muchas ganas de escribir otro tipo de cosas. Más serias, quizá, más parecidas a las que escribo en carmenpacheco.es… Pero espera, ¡espera! porque es que creo que ya no puedo vivir sin probar remedios caseros, contar trivialidades o expresarme con gifs animados. Lo mejor va a ser que lleve a cabo la peor idea del mundo: que me abra otro blog. Otro. Que sea un sitio divertido y relajado, donde escribir como escribo aquí, pero ahora con más libertad todavía, un poco a la deriva, sin cabecera de El País, sin más bandera que la mía propia. Lo mejor será que nos reunamos ahora mismo allí.

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El día que me reclutaron como agente secreto

Desde que escribo aquí hace un año, he recibido varias invitaciones para participar en eventos organizados por marcas para bloggers y periodistas. Como este blog se llama “Sujeto de Pruebas” me parecía interesante acudir alguna vez y contar la experiencia, pero en el fondo nada de lo que me proponían me interesaba mucho, y me sabía mal ir a un evento que alguien se ha tomado la molestia de organizar (y me da igual que sea pagado por una marca), para luego escribir una crónica que no les fuera de utilidad o, peor, que les perjudicara.

En eso estaba pensando cuando decidía si acudir al evento de promoción del estreno de, “Skyfall”, la nueva película de 007 patrocinado por Heineken, y finalmente acepté porque muy mal se lo tenían que  montar para destrozar el atractivo de semejante franquicia antológica, y muy calientes tenían que darme las Heinekens para que no agradeciera que me invitaran a alguna. No había peligro.

Según me contaron, yo iba a ser un agente secreto reclutado para una misión y mi cometibla, bla, bla, bla… No es que no me interesara, es que soy incapaz de mantener la atención más de un minuto. Por eso agradecí que me llamaran varias veces para recordármelo todo. Antes del evento, me iban a contactar para recoger no sé qué informacibla, bla, bla… Al menos conseguí acordarme que tenía que estar en casa a cierta hora y alguien llamó al portero. Que si podía bajar. Pues claro, claro. Allí en la calle, frente a mi portal, me esperaba un tipo vestido con un traje negro, que me recordó el lugar y la hora donde nos recogerían “a los agentes” y me dio una tarjeta con un código de barras, para que la entregara a no sé quién el día del evento. “¿Y ya está?”, le pregunté y él asintió y se fue.

Subí a mi casa pensando que tenía que haber algún error de cálculo porque ninguna empresa de comunicación gasta recursos en enviar a alguien a hacer un teatrillo de un minuto si no va a tener visibilidad ni repercusión, y bajar al portal a que te den una tarjeta no merece ni un tuit.

Los analistas más críticos podrían acusarme de ser algo corta, pero maquillemos un poco el razonamiento y digamos que después de diez añazos trabajando en publicidad e ideando acciones similares a ésta, he conseguido mantener intacta mi “inocencia” y no sospechar que efectivamente el teatrillo tenía un por qué, en concreto éste:

Os presento a mi moño con pinza de estar por casa.

Pero retrocedamos al día del evento donde yo voy muerta de sueño al punto de recogida y me subo a una furgoneta oscura con el logo de Heineken, me encuentro con otro pasajero periodista, partimos hacia un destino desconocido y descubro por twitter que voy a coincidir con alguien a quien conozco virtualmente desde hace once años pero que nunca he visto en persona. Vamos, lo de siempre. No, no, lo digo en serio, este tipo de cosas me pasan a menudo.

Llegamos al aeropuerto de Cuatro Vientos, nos reunimos con los demás “agentes” y todos nos confesamos con reservas (“algo me dijeron”, “pues parece que va a ser que sí…”) que sabemos perfectamente que vamos a subir a un helicóptero.

Me hubiera gustado sentir la emoción de la primera vez, pero yo ya había montado antes en helicóptero. Le regalé a mi hermana un vuelo sobre Manhattan el día de su cumpleaños y lo recuerdo como uno de los días más divertidos de mi vida, no por el vuelo en sí, sino por la reacción de mi hermana cuando la llevé al helipuerto sin saber nada y descubrió allí que ése era su regalo. Pero ésa es otra historia.

Total, que nos suben a los helicópteros  y nos emocionamos mucho y hacemos fotos con nuestros móviles y tuiteamos como locos en vez de mirar por la ventanilla yo, personalmente, hasta me leo algún mail (¿he dicho ya que tengo un problema importante para mantener la atención?). Pero pierdo para siempre (ojalá no sea para siempre), la oportunidad de contestar  y decir “perdona, no puedo extenderme porque estoy en un helicóptero pero…”

El vuelo es espectacular, porque en una zona, el paisaje desértico me recuerda a Almería, y el piloto hace una bajada rápida, inclina el helicóptero y pasamos entre ¿la unión de dos montes? Tanto la maniobra como la topografía deben de tener un nombre, pero lo siento, sólo me documento para las novelas.

Lo interesante empieza cuando aterrizamos (yo al menos no tenía ni la más remota idea sobre nuestro destino), y entre la polvareda que forman los helicópteros nos encontramos con este escenario:

En el interior del castillo hay un recibidor con una barra de Heineken iluminada impresionante y una sala con un proyector donde un montón de maletines plateados nos indican donde se tiene que sentar cada uno. Yo, tras el vuelo en helicóptero, empiezo a alucinar de verdad ante la increíble organización y por encontrarme al fin al otro lado del trabajo de unos creativos que idearon todo este juego, lidiando con las continuas decepciones de “igual eso no lo podemos hacer así”, “eso es demasiado caro” o “la otra idea que nos tiraron era mejor”. Y se me ponen los ojos en blanco pensando en toda la producción, en la búsqueda de proveedores para los materiales, en la contratación de los helicópteros, del lugar, la logística, los imprevistos de última hora, todo lo que sale mal y las peleas para ajustar el presupuesto. Por fin me ha tocado estar al otro lado y puedo simplemente disfrutar.

Nos recibe una señora mayor muy bien vestida, que bien podría salir en cualquiera de las películas de 007 y nos hace un clásico “se preguntarán por qué les hemos reunido aquí…”, que es uno de mis sueños vitales. En la pantalla (que ocupa toda la pared) empezamos a aparecer los participantes, y ahora sí, el momento de recoger la tarjeta cobra sentido: “ser fotografiada con un teleobjetivo sin saberlo”, segundo sueño vital cumplido.

Mientras hago la foto a la pantalla emocionada, como una niña de diez años, escucho que la señora me define como la agente experta en fondos marinos. Entonces me acojono un poco de verdad. Porque hoy mismo empiezo el curso de buceo Open Water y ¿es casualidad? ¿o se lo mencioné yo a la chica de comunicación cuando no sabía cómo iba a cuadrar las fechas? ¿o lo dije en twitter? Me resigno al descerebramiento vital que me caracteriza y sigo escuchando a los agentes reclutadores.

En un increíble esfuerzo de concentración os voy a contar en qué consiste el juego de Heineken y 007, porque que lo haga es realmente el objetivo de todo el tinglado y qué menos que intentarlo. La historia del juego comienza aquí:

The video cannot be shown at the moment. Please try again later.

A partir del 3 de Octubre esa maleta estará en la estación de Atocha y nuestra misión como agentes es conseguir abrirla porque ahí 007 ha dejado la clave para bla, bla, bla… Bueno, que hay que abrirla. Pero para ser uno de los siete finalistas que lo intentará, primero hay que cazar a siete villanos que estarán físicamente repartidos por toda España. Para ello, habrá que seguir las pistas que nos vayan proporcionando a través de la web y twitter. Cualquiera puede registrarse y participar como agente, pero los que fuimos reclutados el otro día contaremos con pistas extra que podremos difundir en nuestra cuenta de twitter, blogs, etc.

Cuando terminó la reunión y nos sirvieron un catering junto a la barra de Heineken, por lo visto, alguien encontró una pista sobre uno de los villanos en una servilleta. Puede que todo el lugar estuviera plagado de pistas pero mi atención estaba más ocupada en reproducir mentalmente la imagen de un mono tocando unos platillos. Aún así, prometo que si me aportan o descubro más información la difundiré para que todos los que me seguís y hayáis entrado en el juego, podáis avanzar en vuestras pesquisas. No soy de naturaleza competitiva.

¿Merece la pena meterse en toda la historia ésta que al final es una marca promocionado una peli y bla, bla…? Bueno, por si el relato de mi experiencia no os alucina lo suficiente, os enseño el interior de mi maleta:

Eso de la esquina es un Sony Xperia.

Imaginad cómo será la de los villanos, que ganará como premio quien consiga atraparlos. Por otro lado, la web y el juego están muy bien hechos, puedes hacer login con tu cuenta de facebook y dar lugar a impagables escenas como ésta:


Sólo siento no haber tenido como avatar la foto que tiene una amiga.

¿Se me olvida algo? Probablemente, y no descartéis que me haya confundido con algún dato, pero vamos, que soy yo… no esperaríais que os copiara la nota de prensa…

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El hermético arte de regar las plantas

Nunca he escrito aquí sobre jardinería, que es un tema sobre el que sé bastante –no porque tenga un talento natural para la práctica, sino más bien por una estratosférica acumulación de errores–, y la razón es que siempre que me dispongo hacerlo hay tantas cosas que quiero decir, que no me parece bastante con un post, ni con un blog, ni con un libro, ni con una enciclopedia, y al final termino por no escribir nada.

Pero en un extraordinario esfuerzo de síntesis voy a dar unos sencillos consejos que creo que pueden salvar la vida de muchas plantas de interior. De esa plantita mona que se te ha antojado de camino a casa, de esa que te han encargado cuidar un amigo que se ha ido de vacaciones o esa que ya venía con la casa. Simplemente te voy a explicar cómo regarla.

Las víctimas de mi ineptitud que más me dolió perder.

Pero no sólo te voy a decir lo que tienes que hacer, porque eso lo puedes leer en cualquier libro o cualquier foro de jardinería. Te voy a explicar POR QUÉ lo tienes que hacer, para que lo entiendas de verdad y no lo tengas que memorizar, como si fueran las instrucciones de un ritual arcano o una receta de cocina (ese es otro tema también…). Para que con apenas unos datos básicos, puedas aplicar tu razonamiento y tu propio sentido común. Porque regar las plantas parece muy fácil, pero si eres de esos que se queja de que siempre se mueren, es que lo estás haciendo mal.

1)   No las ahogues.

La mayoría de plantas que se te han muerto, lo han hecho por un exceso de riego. Aunque tú creas que no, aunque hiciera semanas que no la regabas, aunque tuvieran las hojas amarillas como si se hubieran secado. A no ser que esté en el exterior o expuesta a la luz directa del sol en verano, una planta tarda muchísimo en secarse del todo y cuando lo está haciendo, no hay duda de ello. Los tallos van flaqueando y las hojas se van poniendo de un verde clarito que da paso al amarillo y acaban crujiendo como el papel. Si tienes alguna duda de tu planta murió por falta de riego, es que no fue esa la razón. Para estar seguro de cuándo regarla, no lo hagas en el periodo que te dijeron en la tienda, ni cuando te acuerdes, simplemente obsérvala de vez en cuando. Una planta que necesita agua no se va a morir de un día para otro. Espera a VER que le falta agua y entonces riégala. Observarás cómo en unas horas se recupera y entonces sabrás con qué frecuencia tienes que regarla o sólo con mirarla te darás cuenta de si le falta agua o no. El hecho de ver cómo se recupera, te hará entender que la planta está viva y que su funcionamiento, al menos en ese aspecto, es simple, que no es como un jarrón, ni como un mecanismo indescifrable. Y que depende de ti.

2)   Cuida el drenaje.

Si no habías regado la planta en un millón de años, ¿cómo es posible que haya muerto ahogada? Pues porque ya la ahogaste en los primeros riegos. Las raíces se han ido pudriendo lentamente y al no funcionar no han podido extraer de la tierra los nutrientes que necesita, entre otros, el hierro, que la planta utiliza para crear la clorofila con la que realiza la fotosíntesis. Por eso amarillea, no porque se esté secando. Se está muriendo desde abajo. ¿Y cómo ha ocurrido eso si solo la regaste una vez, si incluso miras la tierra y está seca? Pues porque el agua salió por los agujeros de drenaje del macetero y se quedó ahí estancada en el macetero decorativo o en el platito que le pusiste debajo (por una simple razón estética, espero que sea lo primero). La tierra se fue empapando de abajo arriba, hasta que no pudo absorber más y, si quedó agua ahí, las raíces no tuvieron tiempo de ir absorbiéndola y se empezaron a pudrir, porque tu planta, aunque sea un poto (especie casera prácticamente indestructible) no es un nenúfar ni una planta de pantano.  La mejor manera de regarla es poner agua en el macetero o plato (vuelvo a desear que sea lo primero) y dejar la tierra absorba el agua desde abajo. Cuando la superficie esté húmeda, quitas el agua sobrante y listo. Si esto te da mucha pereza, riégala normalmente desde arriba, pero asegúrate siempre de que no queda agua sobrante abajo.

3)   No la pongas en una maceta demasiado grande.

Esto me costó eones entenderlo porque aunque en todos los manuales, foros y blogs recomiendan que vayas trasplantando la planta sucesivamente, cada par de años, NUNCA EXPLICAN POR QUÉ. Es decir, todo el mundo entiende que si a la planta le salen ya las raíces por los agujeritos de la maceta, es hora de mudarla a un lugar más grande, donde consumir más tierra. ¿Pero por qué no a un macetero grande donde podrá expandirse y crecer vigorosamente como quizá lo viene haciendo hasta ahora? ¿Por qué si, después de todo, procede de la tierra, donde la plata tiene la jodida esfera terrestre para expandirse? ¿Por qué tendrías que ir pasándola de macetero a macetero gradualmente como si estuvieras actualizando un mac? Pues otra vez por el punto dos. El suelo del exterior tiene su propio sistema de regulación de humedad inteligente, pero el del macetero no. El plástico o el barro del recipiente está ideado para conservar la humedad. Cuando la riegues la tierra se empapará, y aunque no quede agua sobrante, la humedad quedará acumulada ahí. Si las raíces son aún muy pequeñitas no podrán absorber toda esa agua en un tiempo razonable y seguirán en contacto con la tierra mojada y se pudrirán. Parece que las plantas tienen un especial empeño en pudrirse, pero vuelvo a recordarte de que la mayoría de la gente las expone sin saberlo a condiciones de pantano. Para evitar esto, cuando las trasplantes a un recipiente sólo un poco más grande que el anterior, antes de echar la tierra pon al fondo una capa de grava, piedras o incluso canicas. Cualquier material inerte que impida que ahí, donde se va acumular el exceso de agua, lleguen las raíces.

4) No te vuelvas loco.

No busques ni leas demasiada información sobre tu planta en internet. Ya habrá tiempo para abonos, tipos de sustrato, poda, reproducción y demás. Primero aprende a regarlas bien. Hasta que no sepas decir con toda seguridad si una planta necesita agua o no, no deberías pasar a preocuparte por los otros quinientos mil millones de factores, porque estás introduciendo variables sin poder determinar la más básica. Si la planta es una especie común de interior, tiene un mínimo de luz, y la riegas bien, va a sobrevivir. Puede estar horrible, desgarbada, amarillenta o incluso enferma. Pero sobrevivirá. Y una vez pasada esa fase crítica, tienes todo el tiempo del mundo y mi inestimable ayuda, para aprender a cuidarla.

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Una semana con el inbox a cero

Haber erradicado exitosamente de mi vida a dos enemigos tales como la montaña de platos y la montaña de ropa se me ha subido por completo a la cabeza, y embriagada en delirios de heroísmo me he atrevido a enfrentarme con otra entidad mortal: la bandeja de entrada de mi correo electrónico.

Yo nunca he tenido muchos problemas con el correo porque he trabajado durante años como creativa en agencias de publicidad ATL y, en ese mundo, ser creativo equivale a ser un elemento inexplicablemente valioso como profesional pero al que se le suponen serias discapacidades mentales. Así que nadie espera que contestes al correo, ni hace ninguna falta. En algún momento, una persona de cuentas te llamará por teléfono o se asomará a tu despacho y te dirá “te he mandado un correo, ¿lo has leído?” y tú puedes decir: “no, ¿de qué va? ¿tiene dibujos?” y la persona de cuentas procederá a explicártelo lentamente y con palabras sencillas, para que lo entiendas bien. En cuanto al correo personal, me he esforzado siempre en ser lo suficientemente graciosa y agradable en persona como para que todo el mundo me perdone que jamás conteste a los emails.

Pero eso se acabó. Ahora trabajo como freelance y en mi entorno personal han empezado a aparecer bebés, que son mucho más graciosos y adorables que yo. Mi sofisticado sistema de gestión de emails se derrumba.

El correo es probablemente el tema preferido de los manuales de productividad y si estáis familiarizados con ese mundo, la teoría del “Inbox Zero” os hará a estas alturas poner los ojos en blanco. Pero amigos, nadie en el mundo os la va a explicar como lo voy a hacer yo.

“Uy, esto va a ir directo al spam.”

El propósito de mantener el inbox a cero es simple: email que llega, email que contestas en el momento, archivas con etiqueta, borras o conviertes en tarea a realizar. Pero lo que no explican los manuales de productividad es que la sensación de mantener el inbox a cero equivale a la de un “¡NO ME PISES AHÍ QUE LO TENGO RECIÉN FREGAO!”. Cada email que entra es una nueva mancha en el inbox limpito y, o bien corres a eliminarla rápido, o sufres más que cuando lo tenías hecho unos zorros. Yo, personalmente, he disfrutado mucho esta semana de esa sensación de reto-triunfo constante, pero comprendo que hay a quien “fregar el portal” le estresa o le consume demasiada energía. Para los que quieran probar la experiencia, aquí algunos consejos:

-Filtros y etiquetas: Sin los filtros adecuados, esto no va a funcionar. Filtrar automáticamente los emails que entran, según su origen, es fundamental para reducir la cantidad de ellos que van a mancharte el suelo del inbox. Las newsletters, listas de correo y demás emails que no son spam pero que puedes leer sólo si te apetece o sin urgencia deben saltarse el inbox y archivarse directamente en su carpeta correspondiente.

 -Contestaciones cortas: Casi todos los emails se pueden contestar en un par de minutos. Hay que intentar ser directo y no comerse tanto la cabeza dando rodeos para no parecer cortante.

-Tareas: No todos los emails se pueden contestar rápido porque implican hacer cosas o tomar decisiones. He descubierto que la política de inbox a cero agiliza increíblemente lo segundo, y respecto a los emails-tarea, o bien se toma nota de ello y se archivan, o quedan presentes en el inbox hasta que se completan. Tenerlos ahí, tan a la vista, sin quedar sepultados por otro aluvión de emails, ayuda como recordatorio.

-Empezar de cero: No esperes a contestar absolutamente todos los emails que tienes pendientes para empezar con este sistema, porque si no, no lo vas a hacer nunca. Archiva todo lo anterior y marca un antes y un después. A toda esa gente a la que se le está desencajando la mandíbula de indignación leyendo este post PORQUE LES DEBO UN MAIL, les ruego amablemente que hagan uso de la función “reenviar”. He cambiado, os lo prometo.

 

Foto: Greta Garbo en “Conquest”.

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El mejor sitio para tomar un cóctel

Desde que escribí sobre el Frozen Margarita hasta hoy, han pasado cinco años. En este intervalo de tiempo mi vida ha cambiado en muchos sentidos y, entre otras cosas –¿de las que quizá estoy menos orgullosa? nahhh–, he publicado cinco libros ¿Pero tengo un nuevo cóctel preferido? No. ¿Tengo un nuevo sitio de cócteles preferido al que ir a tomarlos? Tampoco.

El contexto socieconómico en el que vivís –yo es que estoy aquí sólo de visita–, os hace creer que hay que cambiarlo todo constantemente y renovar hasta el último de vuestro hábitos. Pues no. Además de un cóctel, también tengo una tautología estúpida favorita, que es la siguiente: “lo que está bien bien está”.

Y si sois gente de buen criterio, cuanta más variedad conozcáis y más experiencia acumuléis, no haréis más que confirmar lo que ya veníais diciendo. O al menos así es como me paso yo la vida.

Ayer estaba con el mismo amigo que mencionaba hace cinco años, tomándome un frozen margarita en el Cock y durante un rato, resultamos ser los únicos clientes. Esto nos dio una sensación de irrealidad tremenda, porque no es que la clientela del Cock sea muy homogénea (si un día me encontrara allí sentado a un masai disfrazado de pierrot no me sorprendería), pero su total ausencia sumada a ese aspecto de decorado de Ciudadano Kane que tiene el Cock, nos hacía dudar de si nos encontrábamos en 2012 o, por poner una fecha interesante, 1943.

Tanto gin tonic, tanto gin tonic…

Nos dio por pensar entonces que lo mismo al salir nos encontrábamos al país en guerra, a la ciudad en llamas o al futuro en pleno apocalípsis maya, pero daba un poco igual, mientras pudiéramos estar un ratito allí, como hacemos solo dos o tres veces al año, tomándonos nuestros cócteles en el Cock.

Hay que tener un sitio –y a poder ser un sitio elegante- al que volver siempre y una bebida que pedirle al camarero sin mirar la carta y un viejo amigo que escuche tus novedades como si leyera las últimas páginas de una novela, y sepa narrar sus asuntos con igual gracia.

A mi amigo no os lo presto, pero el sitio sí, a condición de que no se os ocurra nunca coincidir conmigo.

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