

A lo largo de mi vida me he cruzado con chicas, chicas perfectamente inteligentes y de gran sentido común, que al pasar por una situación vital crítica, me han dejado rubia contándome que recurrieron al consejo de una adivina.
Mi primera reacción ha sido siempre reírme -como si tuviera derecho a ello-, pero según los años me han ido haciendo más prudente me he callado mis burlas y me he preguntado el por qué de este fenómeno. ¿Que podía motivar a unas personas que la mayor parte del tiempo se rigen por la lógica a recurrir a algo que para mí es tan absurdo?
Mi teoría es que precisamente las personas más racionales son las que más se resisten a aceptar que en determinados momentos necesitan algún tipo de ayuda psicológica. Visitar a una adivina no te compromete, no te señala como alguien con depresión o problemas mentales y tienes el recurso de pintarlo ante los demás como una excentricidad divertida.
Hoy he ido un local cercano a mi casa, que siempre me ha suscitado mucha curiosidad. Es una tienda de “muñecas psíquicas” sea lo que sea eso y desde el escaparate se ve a las muñecas customizadas con accesorios extraños de pie en sus estantes. En la puerta pone “Esta es la tienda más extraordinaria del mundo. ¿Quieres saber por qué? Entra”. Y eso hecho, poniendo fin a tres años de curiosidad.
Dentro había dos mujeres. Una me ha atendido muy sonriente y le he preguntado si leían las cartas. Me ha dicho que sí y que podía hacerlo en ese mismo momento. Hemos pasado al fondo de la tienda, detrás de una cortina pesada de terciopelo negro. Allí había una pequeña mesa, dos sillas y algunas velas. No soy claustrofóbica, así que me he preguntado a qué podía deberse el repentino ataque de agobio que estaba sintiendo.
La mujer ha cogido un mazo de cartas y las ha barajado. Me ha hecho poner las manos sobre el mazo y luego ha puesto las suyas sobre las mías. El contacto me ha incomodado un poco.
Por fin me ha dejado libre y ha comenzado a poner una serie de cartas sobre la mesa. No he visto ninguna que reconociera como la Muerte o algo así. Es lógico porque ese mazo de cartas era enorme y en todas las películas y series de la historia apenas salen siempre las mismas cinco o seis figuras.
-Estás en un momento de cambio -ha dicho.
-Sí -he contestado. Como el 100% de población mundial, claro. Cambio de días, de estaciones, cambios políticos, económicos, cambios vitales asociados con el envejecimiento… Pero supongo que se refería al estado anímicamente jodido de todas las personas que van a verla.
-¿Eres viuda? -ha soltado de pronto. Esta pregunta me ha descolocado por completo. Me esperaba un “Ha habido alguien muy importante en tu vida” o alguna ambigüedad por el estilo.
-No.
De repente he pensado que esa era una manera mucho más inteligente de que yo, sorprendida, le aportara datos sobre mi estado sentimental sin tener que preguntarme. He decidido seguir siendo escueta.
-Lo que leo en las cartas es que has tenido una pareja o has estado enamorada de alguien de manera muy intensa y que esa relación ha terminado de golpe…
-Una ruptura -he dicho, porque me estaba sacando de quicio que le diera trascendencia a semejante lugar común.
-No, no. ¿Ves esta carta? Significa problemas de salud. ¿Tienes problemas de salud tú? ¿Estás muy enferma? Porque no sé, hija, pero no me da esa impresión.
-No.
-Entonces es él. Si no está muerto ya, tiene algo terminal.
Se me ha cerrado la garganta de golpe. Ella me ha visto la cara.
-¿No tienes contacto con él? ¿No puedes despedirte?
¿Despedirme? Probablemente la mujer me estaba mintiendo, estaba loca o dios sabe qué, pero me han entrado ganas de llorar.
-No… bueno, escribo un blog a diario. Tal vez él lo lea. Tal vez nos esté leyendo ahora mismo.
-Eso tendría muchísima gracia.
No, ahora en serio. He entrado en la tienda y la mujer me ha dicho que ella no cobraba por leer las cartas. Que ella era psíquica y lo que hacía era -cito textualmente-, “un método revolucionario a nivel mundial”. Porque para qué iba yo a pagar cien euros por conocer mi presente y mi pasado si yo ya lo sabía (¿Y el futuro?). La mujer ha dicho que ella trabajaba de forma distinta, que yo le tenía que contar lo que me preocupaba y que ella sólo me cobraría por los materiales que usáramos en la sanación o en la solución de mi problema. Ha dicho que “lo que había que hacer era ayudar”.
He vuelto sobre el tema del precio de “los materiales”. La mujer se explicaba, y la verdad es que parecía simpática, bienintencionada y sobre todo amable, pero yo pensaba en personas desesperadas con problemas de trabajo encendiendo una vela de cincuenta y cinco euros y mujeres deprimidas por un desengaño amoroso colgándose unas figuritas de chapa de cincuenta euros en el sujetador y aunque intentaba sonreír y responder educadamente a la amabilidad de la mujer, sabía que si seguía un minuto más allí tiraría los estantes de las muñecas a patadas, las pisaría, y quemaría la tienda con sus dueñas dentro. Y lo haría también por ayudar.
He salido de allí sin que me leyeran mi futuro, lógicamente porque aún no lo he escrito.
Lo que mejor recordaré: Que realmente sí había una cortina pesada de terciopelo negro al fondo tras la cual la mujer leía las cartas. Parece que en ese aspecto, su método no es tan revolucionario.