El País

Día 91: La primera vez que monté el belén yo sola

Quedan nueve memoramas y si ahora pensáis que es cuando voy a empezar a saltar en paracaídas, conducir un Ferrari, pilotar una avioneta o hacer las fotos bien, pensad otra vez. Todo eso se ha intentado gestionar durante estos cien días, pero por unas cosas u otras, no ha sido posible. Y ahora menos que nunca, puesto que la ayuda con la que cuento se ha reducido considerablemente.

Ésta es una época en la que la gente desaparece y se refugia en sus hogares familiares, con el espíritu más anti-memorama de todos, que es el de repetir punto por punto lo de todos los años, y dejarse arrullar por la tradición y la costumbre.

Y aunque yo pensaba nadar a contracorriente, he decidido que es una batalla inútil, que en estos días del año hay toda una industria global funcionando a toda máquina para producir nostalgia, y que lo único que puedo hacer es rendirme a esas tradiciones, pero alterarlas un poco para que no se solapen con las de otros años.

Como por ejemplo montar el belén.

Aunque yo soy mucho más de montar pollos, el belén también lo he montado bastante, pero solo recuerdo las veces que han sido diferentes por algún motivo.

La primera que recuerdo es una en la que era muy pequeña y coloqué todas las figuritas con mucho cuidado y cariño debajo del árbol y entonces llegó mi hermana gateando, con un año, las barrió con la mano y se sentó ella en su lugar. Cuando di el grito de alarma, llegaron mis padres, a los que le pareció tan graciosa y adorable, sentada en el lugar del belén, como si fuera la propia jesusa, que le hicieron todo un reportaje fotográfico.

Yo, con una madurez impropia para mi edad, contemplaba la escena encantada.

Otra navidad que recuerdo bien es en la que me hicieron uno de los mejores regalos del mundo con este belén de Playmobil. Sería bonito que hubieran sido mis padres en compensación por aquel desplante, pero no, fue otra persona cuando era yo ya era adulta.

Como no soy religiosa puede que haya cometido alguna incorrección histórica.

Ese belén lo seguí poniendo unos cuantos años, cuando compartía piso, porque era una ocasión alegre y especial, pero al mudarme sola, cada navidad he encontrado una excusa para no hacerlo.

Dejar de hacer cosas porque nadie las va a ver o porque total, si estás tú solo, qué gracia tiene, es tenderle una alfombra roja a la apatía y la amargura para que entren en tu vida y se queden para siempre.

Hoy he buscado este belén que tanto me gusta y, por primera vez, lo he puesto yo sola. Como venga ahora mi hermana y lo tire, la mato.

Lo que mejor recordaré: Espero que el lugar donde estaba guardado, porque me ha llevado un buen rato encontrarlo.

Entrada publicada en Entretenimiento, Estilo de vida | 11 Comentarios

Día 90: La primera vez que me comí un bocadillo de calamares

Es que a quién se le ocurre. Trocear el cuerpo duro de una criatura que ha pasado toda su vida bajo el agua, rebozarlo en harina -harina nacida y criada en la tierra-, y por si esto fuera poco, envolverlo en una masa horneada, hecha con más harina. Y que eso sea uno de los “platos” típicos de Madrid. Aunque esto, bien pensado, es lo que más sentido tiene, porque Madrid es una ciudad con larga tradición en acoger a criaturas de la costa y envolverlas en la locura más absurda.

Como estamos en crisis, el brillante no brilla.

El Brillante es el lugar típico para pedir un bocadillo de calamares, cosa que desde que llegué a Madrid, he conseguido evitar. Pero no se puede criticar algo sin probarlo (bueno, obviamente se puede, pero en un grado de autoridad más bajo) y me parecía poco sacrificio para, a partir de ahora, poder criticarlo con todas las de la ley.

Manuel nos ha advertido sobre la ambigüedad de esta afirmación.

Lo primero que me ha sorprendido es que los calamares estuvieran muy tiernos, casi se deshacían en la boca. De repente, he pensado que, como me pasó con los caracoles, mis prejuicios me habían impedido disfrutar durante muchos años de este clásico incomprendido. Pero no, no, al cuarto bocado he constatado que el bocadillo de calamares es lo que parece: una redundancia innecesaria, un WTF culinario.

Potente combinación de texturas.

Respecto a El Brillante, no entiendo por qué últimamente a la gente le ha dado por quejarse de que ya no es tan castizo, ni auténtico y que se ha vuelto un sitio para turistas. Porque yo al entrar al bar, he dejado atrás una ciudad difusa, desdibujada por estos tiempos tontos, y me he reencontrado con Madrid.

Luz fluorescente de autopsia, como la del metro, reflejándose sobre superficies cromadas, hostiles. Y repartido a ambos lados de la barra, un grupo de señores que de primeras me han parecido conductores de la EMT, luego taxistas y finalmente he reconocido como camareros.

Allí hemos comido los bocadillos Manuel, mi hermana y yo, mientras charlábamos de nuestras cosas, intentando a duras penas crear una burbuja que nos protegiera del ambiente menos acogedor del mundo.

Porque no tengo ninguna duda de que, si el purgatorio existe, es una franquicia de El Brillante.

Lo que mejor recordaré: Acabarme medio bocadillo y no poder creer que fuera sólo medio.

Entrada publicada en Cocina, Estilo de vida | 16 Comentarios

Día 89: La primera vez que me hice donante de órganos

Llevo años diciendo que sí, que yo por supuesto quiero donar mis órganos si la palmo inesperadamente y dejo un cadáver, si no bonito, aprovechable. Pero en esos años -largos años- nunca he encontrado los dos minutos aproximados que me ha costado solicitar mi tarjeta de donante. He debido de estar ocupadísima.

Sin embargo, leo perpleja que la inscripción de mis datos y el portar la tarjeta siempre conmigo tiene tanto valor legal como si llevara en la cartera una etiqueta de Anís del Mono, y que son mis familiares cercanos los que tendrán que dar su autorización.

No lo entiendo, puesto que leo también que cualquier persona se convierte automáticamente en donante de órganos al cumplir los 18, a no ser que su familia atestigüe, en el momento de fallecer, que ésa no era su voluntad.

O sea, que un menda va por ahí con su tarjeta de donante encima, con sus datos registrados en alguna base de datos del oscuro mundo de la burocracia, de repente la palma, ¿y su familia puede decir: “no, no, eso es un flyer que le dieron al salir del Space”?

El diseño de la tarjeta te incita a donar tus globos oculares de forma inmediata.

La página de la ONT deja muy claro que esto es así y la tarjeta no tiene validez legal, pero a la hora de solicitarla, te da opción a hacerlo con tu certificado digital o sin él. He elegido la primera opción porque para eso me lo hice, pero después de probar hasta en un pc con explorer no lo he conseguido. No he acertado con la hermética combinación de variables que hace funcionar el certificado en determinadas ocasiones. Admiro la sincronía que ha alcanzado la locura de los impresos y las ventanillas con su versión digital. Es perfecta.

Me he rendido y he elegido hacerlo sin certíficado, pensando que me pedirían ir a recogerla a algún sitio donde tendría que enseñar mi DNI. He rellenado los datos y al enviar el formulario la página me ha respondido que todo correcto y que me la enviarían a casa. ¿Cómo? ¿Ya está? ¿Y entonces qué diferencia hay si lo haces con certificado? ¿No es esta una pregunta frecuente? ¿Si la hago a partir de ahora todos los días podría considerarse frecuente? Porque me mata la curiosidad.

En cualquier caso, me queda claro que da igual, que lo importante es que a tu familia le quede claro, así que todo esto de la tarjeta ha sido una maniobra de despiste, y el verdadero memorama se está produciendo ahora, cuando a mis padres -que sé que me leen-, les llegue claro mi mensaje.

Para los padres éste es un tema horrible porque implica, aunque sea durante un segundo, imaginar la peor de las posibilidades para ellos. Por eso a veces la gente dice que le gustaría que se donaran sus órganos pero no se sienta a hablarlo seriamente con su familia. Por eso, a veces, en el momento de la pérdida, los familiares se bloquean y se niegan a la donación, porque también están negando la muerte de la persona que quieren.

Yo tengo la suerte de poder decirlo de esta forma indirecta, menos incómoda para mis padres, pero igual de clara y efectiva. Como dice la tarjeta que a partir de ahora llevaré siempre conmigo: Soy donante.

Lo que mejor recordaré: La satisfacción de haber cumplido con un compromiso pendiente desde hace mucho mucho tiempo.

Entrada publicada en Estilo de vida | 6 Comentarios

Día 88: La primera vez que presenté un libro

Aunque tengo varios libros publicados, por una cosa u otra, no he hecho presentación de ninguno. No habría podido imaginarme nunca, que en mi primera vez tuviera ocasión de compartir emoción y nervios con mi hermana, porque no hace ni un año que ella empezó con su webcomic y la publicación “Let’s Pacheco: Una semana en familia” -además de mi participación como guionista- es algo que todavía no podemos asimilar.

Cuando publiqué mi primer libro (uno de los mejores memoramas de mi vida), me sentí mucho más segura sacándolo a la luz con una portada dibujada por mi hermana. Todo lo que puedo decir sobre la ilusión que me hace trabajar con ella, entra en el terreno de lo empalagoso, así que mejor nos lo saltamos.

Foto de Santiago García que he rapiñado vilmente.

La presentación ha sido muy breve, pero casi todos los que abarrotaban (sí, abarrotaban), la parte de abajo de Picnic eran amigos o conocían el webcómic, así que no había mucho que decir, sólo que celebrar. Corre un malintencionado rumor entre los asistentes de que le arrebaté el micrófono a mi hermana y le robé el protagonismo, pero es miserablemente falso. Se supone que ella iba a empezar a hablar pero cuando me he girado a mirarla me estaba poniendo el micrófono en la mano. De todas formas, es igual, porque según cuentan los asistentes a la charla de Valladolid, si no alcanzabas a ver quién movía la boca, no sabías cuál de las dos estaba hablando.

Foto de mi amiga Aída, que siempre es la más rápida etiquetando en Facebook.

Después de eso, han pasado dos horas y media, repito, dos horas y media, en las que no hemos parado de firmar ni un segundo. Cada ejemplar, con un dibujo hecho por mi hermana, a petición del lector. Lo más alucinante es que yo juraría que sólo han pasado treinta minutos.

Tanto Laura como yo sentimos mucho no haber podido hablar más con los asistentes, y la paciencia que la gente de la cola ha demostrado, por llevarse su ejemplar firmado. Yo, a pesar de mi modestia innata, estoy segura de que es el regalo perfecto para esta navidad, así que confío en que la espera haya merecido la pena.

Quiero dar las gracias también desde aquí (según avanza este post sueno cada vez más como si estuviera en una tarima y mi voz se oyera con reverb) a Alba Diethelm y Manuel Bartual, nuestros editores, que están llevando a cabo la aventura de ¡Caramba! a la que le deseo toda la suerte del mundo, independientemente de la parte que me toca. Porque sí, porque lo merece. Y porque el trabajo que están haciendo, y que yo veo de cerca, es impecable.

Y muchísimas gracias a los lectores de este blog que hoy me habéis felicitado por él. No me lo esperaba, y no sabéis la ilusión que me hace.

Lo que mejor recordaré: Que mi hermana haya dibujado un Hitler en una dedicatoria y que otro lector me haya señalado y haya dicho “la quiero a ella, con las almohadas, babeando”. Cosas que nadie te ha preparado para oír.

Entrada publicada en Miscelánea | 11 Comentarios

Día 87: La primera vez que le mandé un christmas a mi madre

Es probable que yo no pueda pasar Nochebuena con mi familia y aunque a nosotros la Nochebuena siempre nos la ha pelado bastante, creí oír un lamento quebrado al otro lado del teléfono cuando mi hermana le dejó caer dicho dato a mi madre. Así que para compensarla he decidido mandarle por primera vez a ella una tarjeta de Navidad. La segunda vez en toda mi vida que hago tal cosa.

Debe de ser que en esta época tengo días raros, porque se me ha ocurrido que ya que salía a la calle podía traerle el café a mi hermana. Ella me había pedido el favor hacía un rato porque es una broma que tenemos entre las dos y nos hace muchísima gracia. Ella dice lo que le gustaría que yo hiciera por ella y acto seguido las dos nos morimos de la risa por lo inimaginable es que eso suceda.

Sé que mi madre leerá esto mañana, pero no importa arruinarle la sorpresa de recibir la tarjeta, porque le hará ilusión cuando lo lea y le volverá a hacer ilusión cuando la reciba. Mi madre es la persona más agradecida que conozco.

He querido elegir una tarjeta que le pudiera gustar a ella y a mí no me causara daños cerebrales permantentes. La oferta de christmas navideños que hay ahí fuera es precaria. La situación es alarmante. Hubiera escogido unas tarjetas de Unicef que parecían dibujadas por niños pero mi madre es maestra y no quería amargarle el principio de las vacaciones. Al final he encontrado unas de la Cruz Roja solidarias y estilísticamente poco comprometedoras.

Luego he ido a por el café, pero no sé cómo, ya no estaba segura de lo que me había pedido mi hermana. Bueno, sí sé cómo. Incosncientemente mi memoria altera cualquier encargo que se me hace y lo boicotea, para que nadie vuelva a pedirme ningún favor. Es un mecanismo de defensa contra la bondad que se me activa especialmente en estas fechas.

Pero al final he acertado y todo ha terminado bien. Ha sido un milagro de Navidad.

Lo que mejor recordaré: Haber ido a buscar las tarjetas al sitio más lejano sólo por disfrutar del paseo.

Entrada publicada en Miscelánea | 4 Comentarios

Día 86: La primera vez que participé en una mesa redonda

Para cualquier ser humano que por trabajo, placer o extrañas circunstancias -como es mi caso-, se encuentra asistiendo durante un fin de semana a un evento en una ciudad que no es la suya, el ratito entre obligación y obligación que puede pasar en el hotel es sagrado. El hotel se convierte en un templo del silencio, la paz, el descanso… y aunque apenas sea media hora lo que la persona puede invertir en lavarse los dientes, mirar el correo y dejar de hablar, sonreír y ejercitar el músculo social, ese momento se convierte en la piedra angular del día.

Yo lo estoy invirtiendo en escribir para Memorama. Creedme: NO.LO.OLVIDARÉ.

Hasta ahí las quejas. Por lo demás conocer y compartir comidas, cenas, charlas y mesas redondas con gente como Sandra Uve, Clara Soriano, Lola Lorente, Héloïse Guerrier y encontrarme también con amigas como Alba Diethelm y Mireia Pérez es un placer y un honor. Más aún si el motivo de estar invitada es una broma privada, entre mi hermana y yo, que se nos fue un poco de las manos.

El por qué de tanto nombre femenino se debe a que la VII edición de Los diálogos del Sr. Boliche de Valladolid está enfocada en un tema que mi hermana ha definido perfectamente como “Mujeres, comics y Viceversa”.

Mirada de largo recorrido.

Nuestra mesa redonda ha sido, desde mi punto de vista, muy amena, y no sólo porque yo haya podido hablar todo lo que he querido -lo cual constituye mi objetivo principal en la vida-, sino porque tanto de Let’s Pacheco como de Sangre de mi Sangre, hemos hablado las autoras, pero también las editoras, que juegan un papel fundamental, y a menudo invisible, en el proceso de publicación de un libro.

Por otra parte, el día de hoy lo recordaré siempre por ser el día en que nació el hijo de mi amiga Bea, al que se le conocerá con el nombre de Oliver Frost. Llamándose así, está destinado a ser el protagonista de su propia historia y también a tener la típica tía postiza, excéntrica pero adorable que, ante la estupefacción de todos, le llamará Taxi de por vida.

Lo que mejor recordaré: Cuando he entrado a la sala donde teníamos la charla y primera reacción ha sido buscar una fila apartada en la que sentarme. Luego he visto la tarima, los micrófonos y mi nombre en un papelito.

Entrada publicada en Miscelánea | 2 Comentarios

Día 85: La primera vez que tuve el honor de inaugurar una web

Es verano (no me preguntéis qué mes porque Memorama me ha destruido la noción del tiempo) y estoy en un evento en el que no conozco a casi nadie, comiendo pizza entre desconferenciantes. De repente, por casualidad, distraigo mi atención un momento de uno de los cúlmenes culinarios de esta era y hablo con alguien que me dice que él y dos amigos lo dejan todo y se van a Chile a montar su propia empresa en internet. Hablamos de que en la vida llega un momento en el que tienes que tomar esas decisiones y bla, bla, bla. Mi admiración es sincera. Les deseo mucha suerte.

En ningún momento puedo imaginar que meses más tarde yo cortaré la cinta simbólica que inaugurará su futura empresa y, en un honor inesperado y un poco surrealista, seré la primera persona en registrarme como usuaria en el sistema en el que esas tres personas llevan trabajando tanto tiempo.

No lo puedo imaginar entonces porque, aunque ya se sabe que la vida da muchas vueltas, tener un blog donde haces una cosa nueva durante cien días es una vuelta difícil de prever.

Desde aquel día de verano he leído hablar mucho de Tol.do y he visto por aquí y allá ese loguito monísimo en blanco y negro. Así que cuando Amalia me ha mandado el código supersecreto para que entrase me he puesto muy nerviosa y me he sentido como un elefante cortando la cinta roja de una nueva cacharrería.

Por suerte para mí, internet es un sitio donde es bastante difícil arruinar inauguraciones aunque tengas un talento natural para ello.

Tol.do es una plataforma para que los particulares podamos montar una tienda online fácilmente y sin complicarnos mucho. No sólo para vender objetos, sino también descargas y reservas. Sería estupendo también comprar y vender personas, pero nos ha tocado vivir en una época de legislatura intransigente.

El sistema de customización y diseño es muy intuitivo y todo está explicado de esa manera superclara pero lo suficientemente amistosa y simpática como para no sentirte imbécil (aunque lo seas).

Y después de registrarme ¿he montado una tienda? No sé, estoy en ello. ¿Compraríais vosotros merchandising de Let’s Pacheco? ¿Merece la pena arriesgarse en un proyecto tal y como están las cosas, a cambio de poder hacer lo que te gusta?

Bueno, viendo cómo ha quedado Tol.do, parece que sí.

Lo que mejor recordaré: Haber hecho el registro en casa, haber empezado este post en un tren y estar terminándolo en un hotel. Y no entender muy bien cómo ni por qué ha ocurrido ninguna de estas cosas.

 

Entrada publicada en Miscelánea | 2 Comentarios

Día 84: La primera vez que me hicieron un sombrero a medida

Uno de los mejores regalos que me han hecho nunca fue una tiara (tenía veintipocos y era muy intensa, ¿vale?), pero no por el objeto en sí, sino por la nota que lo acompañaba. Mi amiga Rosa había escrito “El hombre de la tienda me dijo que era para cabezas normales, ¡así que no sé si te servirá!”.

También tuve una tía a la que no le gustaba ir a la peluquería porque decía que como ella estaba enferma de la cabeza, no convenía que se la tocaran. Esa relación ilógica entre cráneo y pensamientos está tan arraigada en mí, que cuando hoy Irene me ha rodeado la cabeza con la cinta métrica, he contenido la respiración durante un segundo, hasta que ha dicho “57: Una cabeza normal”. Y no he podido evitar pensar: “AY, SI TÚ SUPIERAS”.

Deberíamos darle a la cabeza, en lugar de a otros órganos, el protagonismo simbólico que merece y devolverla al mundo de peinados, tocados y sombreros del que nunca debió salir.

Yo hoy en el taller de Irene, Cabeza de Calabaza, le he dado a la mía un lujo extraordinario de auténtica dama: hacerle un sombrero a medida.

En Cabeza de Calabaza querrías quedarte a vivir. No sólo porque esté lleno de sombreros y tocados preciosos sino porque en cada detalle se aprecia que Irene ha montado allí un pequeño santuario en honor a dedicarte a lo que realmente te gusta, lo cual se percibe y se contagia.

Hacerte un tocado o un sombrero a medida no significa sólo que se vaya a adaptar perfectamente a tu cabeza, sino que vas a poder darte el gusto de elegir la forma, el material, los adornos…

Mi amiga Tania que me acompañaba, me ha sugerido que eligiera un cloché típico de los veinte, porque es mi época preferida. Pero yo creo que los revivals hay que hacerlos acorde con tu presente y tus circunstancias, y no está mi Madrid de este invierno como para quedar con tus amigos, bohemios millonarios, y perder la consciencia en algún baño de su mansión. Mi Madrid de este invierno está como para que me lo narre Raymond Chandler en voz en off. Está como para llevar el bolso bien preparado y un borsalino de ala ladeada que oculte un poco el rostro y las intenciones.

Así que ese será mi sombrero. El que llevan los modernos, pero con el ala distinta, un poco más grande e inclinada, de fieltro negro, con una cinta en color mostaza y con una diferencia fundamental: que será único. Igual que mi cabeza.

Lo que mejor recordaré: Cuando Tania se iba probando sombreros y, como si fuera un complemento mágico, con cada uno parecía una persona distinta.

Entrada publicada en Moda, Sin categoría | 11 Comentarios

Día 83: La primera vez que fui a una adivina


A lo largo de mi vida me he cruzado con chicas, chicas perfectamente inteligentes y de gran sentido común, que al pasar por una situación vital crítica, me han dejado rubia contándome que recurrieron al consejo de una adivina.

Mi primera reacción ha sido siempre reírme -como si tuviera derecho a ello-, pero según los años me han ido haciendo más prudente me he callado mis burlas y me he preguntado el por qué de este fenómeno. ¿Que podía motivar a unas personas que la mayor parte del tiempo se rigen por la lógica a recurrir a algo que para mí es tan absurdo?

Mi teoría es que precisamente las personas más racionales son las que más se resisten a aceptar que en determinados momentos necesitan algún tipo de ayuda psicológica. Visitar a una adivina no te compromete, no te señala como alguien con depresión o problemas mentales y tienes el recurso de pintarlo ante los demás como una excentricidad divertida.

Hoy he ido un local cercano a mi casa, que siempre me ha suscitado mucha curiosidad. Es una tienda de “muñecas psíquicas” sea lo que sea eso y desde el escaparate se ve a las muñecas customizadas con accesorios extraños de pie en sus estantes. En la puerta pone “Esta es la tienda más extraordinaria del mundo. ¿Quieres saber por qué? Entra”. Y eso hecho, poniendo fin a tres años de curiosidad.

Dentro había dos mujeres. Una me ha atendido muy sonriente y le he preguntado si leían las cartas. Me ha dicho que sí y que podía hacerlo en ese mismo momento. Hemos pasado al fondo de la tienda, detrás de una cortina pesada de terciopelo negro. Allí había una pequeña mesa, dos sillas y algunas velas. No soy claustrofóbica, así que me he preguntado a qué podía deberse el repentino ataque de agobio que estaba sintiendo.

La mujer ha cogido un mazo de cartas y las ha barajado. Me ha hecho poner las manos sobre el mazo y luego ha puesto las suyas sobre las mías. El contacto me ha incomodado un poco.

Por fin me ha dejado libre y ha comenzado a poner una serie de cartas sobre la mesa. No he visto ninguna que reconociera como la Muerte o algo así. Es lógico porque ese mazo de cartas era enorme y en todas las películas y series de la historia apenas salen siempre las mismas cinco o seis figuras.

-Estás en un momento de cambio -ha dicho.

-Sí -he contestado. Como el 100% de población mundial, claro. Cambio de días, de estaciones, cambios políticos, económicos, cambios vitales asociados con el envejecimiento… Pero supongo que se refería al estado anímicamente jodido de todas las personas que van a verla.

-¿Eres viuda? -ha soltado de pronto. Esta pregunta me ha descolocado por completo. Me esperaba un “Ha habido alguien muy importante en tu vida” o alguna ambigüedad por el estilo.

-No.

De repente he pensado que esa era una manera mucho más inteligente de que yo, sorprendida, le aportara datos sobre mi estado sentimental sin tener que preguntarme. He decidido seguir siendo escueta.

-Lo que leo en las cartas es que has tenido una pareja o has estado enamorada de alguien de manera muy intensa y que esa relación ha terminado de golpe…

-Una ruptura -he dicho, porque me estaba sacando de quicio que le diera trascendencia a semejante lugar común.

-No, no. ¿Ves esta carta? Significa problemas de salud. ¿Tienes problemas de salud tú? ¿Estás muy enferma? Porque no sé, hija, pero no me da esa impresión.

-No.

-Entonces es él. Si no está muerto ya, tiene algo terminal.

Se me ha cerrado la garganta de golpe. Ella me ha visto la cara.

-¿No tienes contacto con él? ¿No puedes despedirte?

¿Despedirme? Probablemente la mujer me estaba mintiendo, estaba loca o dios sabe qué, pero me han entrado ganas de llorar.

-No… bueno, escribo un blog a diario. Tal vez él lo lea. Tal vez nos esté leyendo ahora mismo.

-Eso tendría muchísima gracia.

No, ahora en serio. He entrado en la tienda y la mujer me ha dicho que ella no cobraba por leer las cartas. Que ella era psíquica y lo que hacía era -cito textualmente-, “un método revolucionario a nivel mundial”. Porque para qué iba yo a pagar cien euros por conocer mi presente y mi pasado si yo ya lo sabía (¿Y el futuro?). La mujer ha dicho que ella trabajaba de forma distinta, que yo le tenía que contar lo que me preocupaba y que ella sólo me cobraría por los materiales que usáramos en la sanación o en la solución de mi problema. Ha dicho que “lo que había que hacer era ayudar”.

He vuelto sobre el tema del precio de “los materiales”. La mujer se explicaba, y la verdad es que parecía simpática, bienintencionada y sobre todo amable, pero yo pensaba en personas desesperadas con problemas de trabajo encendiendo una vela de cincuenta y cinco euros y mujeres deprimidas por un desengaño amoroso colgándose unas figuritas de chapa de cincuenta euros en el sujetador y aunque intentaba sonreír y responder educadamente a la amabilidad de la mujer, sabía que si seguía un minuto más allí tiraría los estantes de las muñecas a patadas, las pisaría, y quemaría la tienda con sus dueñas dentro. Y lo haría también por ayudar.

He salido de allí sin que me leyeran mi futuro, lógicamente porque aún no lo he escrito.

Lo que mejor recordaré: Que realmente sí había una cortina pesada de terciopelo negro al fondo tras la cual la mujer leía las cartas. Parece que en ese aspecto, su método no es tan revolucionario.

Entrada publicada en Miscelánea | 19 Comentarios

Día 82: La primera vez que escribí una nota pasiva agresiva

Si hay algo que no soporto es el comportamiento pasivo-agresivo. Debo de tener algún tipo de trastorno opuesto, que me incita a combatirlo con una actitud agresiva-agresiva-jodidamente-agresiva. Afortunadamente para mí, este tipo de personalidad parece darse más entre mujeres que entre hombres y la probabilidad ha querido que en ninguna de mis relaciones me haya tocado sufrir este tormento (bueno, es que no habría habido relación).

Tal y como yo lo veo, cuando tienes un problema con otra persona sólo hay dos opciones: intentar solucionarlo mediante el diálogo (que no siempre es un diálogo pacífico, claro) o si es evidente que la primera vía va a ser inútil, ignorar, asumir o tolerar el problema. Naturalmente, esta segunda opción a veces no funciona en la práctica como imaginábamos y todos acabamos siendo un poco pasivo-agresivos de manera involuntaria (o al menos a mí me pasa).

Pero otro tipo de personas prefieren adoptar la estrategia de quejarse sin quejarse abiertamente, de intentar conseguir que el problema se arregle sin diálogo abierto, como pequeños Maquiavelos de preescolar. Esto me parece tal insulto a mi inteligencia que puedo cabrearme incluso más de lo que esa otra persona estuviera cabreada conmigo de primeras.

Llevado esto al terreno de lo vecinal, cuando ignorar, por ejemplo, un ruido que me está volviendo loca, deja de ser una opción, llamo a la puerta del culpable y le hago saber de manera educada que su hija estrenando patines no es compatible con mi intención de estudiar, o que el uso de un yembé al otro lado de un leve tabique pone en peligro mi leve cordura (aludir a la fragilidad de tu estado mental con un “el ruido me está trastornando un poco” y combinarlo con una sonrisa genera un efecto inmediato, pero mucho cuidado con esto, que también puede convertirte en objetivo sexual instantáneo por parte del vecino). En cualquier caso, no contesto con más ruido, ni me quejo a terceros, ni ejerzo métodos de presión pasivo-agresivos. Intento atajar el problema invirtiendo en ello la cantidad mínima de tiempo y energía.

Pero claro, a veces el culpable está en la sombra. En este caso concreto, tengo a tres vecinos sospechosos de tirar ceniza sobre mi ropa recién tendida. La primera vez quise pensar que se trataba de un hecho aislado, pero sucesivas ocasiones han hecho crecer mi ira de manera exponencial, hasta que no me ha quedado más remedio que tomar medidas y recurrir a algo que odio: la nota vecinal.

¿Habré puesto torcida la nota o estará torcida la foto? ¿O las dos cosas?

Hay toda una cultura y un fandom de estas notas, pero yo prefiero que un vecino venga a quejarse hecho una furia, que leerlo sobre un papel. Aunque ni siquiera vaya conmigo, siento una mezcla de vergüenza e incomodidad más violenta que la de presenciar una bronca.

No quería sonar agresiva, y por eso, aunque me ha costado escribirlo, he recurrido al “ruego”, pero he evitado ser pasiva-agresiva usando el condicional “rogaría”. Incluso, aunque mi primera intención ha sido poner “especialmente”, lo he sustituido por “sobre todo”, porque aunque significan lo mismo, el matiz en el tono es distinto. Toda esa gama de matices y tonos que domina ese ejército silencioso de los pasivo-agresivos.

Lo que mejor recordaré: Tardar un minuto en intentar poner solución a algo que me lleva atormentando meses. No lo hubiera hecho sin este blog.

Entrada publicada en Miscelánea | 11 Comentarios