El País

Día 36: La primera vez que me aplicaron el Protocolo Massada

Tengo que empezar este post contando que hace unas pocas horas he recibido un mensaje de whastsapp de Caballo Loco -al que recordaréis de episodios anteriores- posando con una de las tarjetas que puse en circulación ayer. Resulta que se encontraba jugando al póker con el desconocido (ya no tan desconocido) que paré ayer por la calle, completamente al azar, en esta ciudad, que según AUDES tiene 6.043.031 habitantes, pero que en la práctica parece no tener más de 300.

Todavía me daba vueltas la cabeza, cuando he llegado a H&H Medicina estética, temiéndome que me abriera la puerta, quién sabe, mi propia madre. Afortunadamente, allí no me esperaban más sobresaltos. La doctora Marta Álvarez me ha recibido y, después de explicarme el tratamiento que me iban a aplicar, me ha puesto en las hábiles manos de Cristina.

El Protocolo Massada es un tratamiento facial y corporal que tiene como fin relajar y rehidratar la piel, y que suelen recomendar a las novias. Después de haberlo recibido, empiezo a entender por qué la gente se casa.

Una vez que he cerrado los ojos, tendida en la camilla, Cristina ha procedido a aplicarme en distintas fases: gelatina de perlas y yogur, seguida de agua de Rosa de Alejandría, para limpiar y desmaquillar, scrub de karité con unas gotas de aceite de limón para la exfoliación, aceite de olivo para reparar, serum y mascarilla de ácido hialurónico…

Y aquí hagamos una pausa. Porque, teniendo en cuenta que cada producto se aplicaba y se retiraba con un suave masaje, llegados a este punto, había transcendido varios planos de consciencia. Creía que era imposible estar más relajada, cuando Cristina me ha puesto sobre la cara unas gasas muy finas (velos de ácido hialurónico), dejándome sólo al descubierto la nariz. En ese momento, he deseado profundamente que me cerraran la tapa del sarcófago y poder quedarme así, bella, relajada y feliz para toda la eternidad.

Y entonces he escuchado el chasqueo de un mechero.

He pensado que, o Cristina se iba a fumar un cigarro, o iba a prender mi pira funeraria, pero la verdad es que ninguna de las dos opciones me ha alterado lo más mínimo. Acto seguido he podido oler la moxa de artemisa, que era lo que Cristina estaba en realidad preparando y ha procedido a aplicarme. Después me ha colocado sobre las gasas una máscara de cuarzos y ha comenzado con el tratamiento en el resto del cuerpo.

Varios aceites de orquídeas, scrubs de karité, masajes y agentes antioxidantes más tarde, la voz de Cristina me ha invitado a volver a este mundo, sin prisa y lentamente. Y no me ha quedado más remedio que hacerlo, claro. O al menos lo ha hecho mi cuerpo, porque mentalmente sigo allí tendida.

Lo que mejor recordaré: El momento sarcófago de relajación suprema y que después de pensar en el toque egipcio que están teniendo los memoramas, me haya encontrado al salir, en el escaparate del portal de al lado, nada menos que con esto.

Esta entrada fue publicada en Belleza, Corporal, Facial

Un Comentario

  1. Publicado: 30 10/11 a las 15:47 | Permalink

    Empiezo ya a morirme demasiado de envidia con estas cosas.