Si se es, como yo, una persona de naturaleza ligeramente melancólica, se recordará tan bien como la primera –y quizá por desgracia-, la última vez que se hace algo. El último beso, el último abrazo que se le da a alguien, aun incluso cuando en ese momento no se sabe que es el último. Yo a veces lo presiento y lloro como una magdalena en las estaciones de autobuses, porque tengo una fobia instintiva a los adioses y los detecto, aunque se hayan disfrazado de hastaluegos o sinosvamosaverennadas.
Podría haber hecho un Memorama de cien últimas veces y como experimento mnemotécnico hubiera resultado igual de efectivo, pero no hay tantas cosas en mi vida de las que quiera deshacerme y además, hubiéramos corrido el riesgo de volvernos todos gilipollas.
Así que sólo me permito éste, el último post, para despedirme de vosotros después de estos cien días de locura. ¿Os echaré de menos? Claro (de hecho, hoy es el momento de decirme que estáis ahí). ¿Echaré de menos este blog? No. Jaja, no, en serio, NO.
Bajo ningún concepto.
Imagino que las ganas de desaparecer del mapa y que nadie vuelva a saber de mí se irán en cuanto descanse un poco. Y espero que volvamos a leernos pronto, quizá también aquí, en S Moda, y desde luego siempre en terreno neutral -podéis seguirme la pista a través de Facebook y Twitter-. Pero espero también que la dinámica de un blog no vuelva a condicionarme nunca como lo ha hecho la de éste.
Sin embargo, a pesar del cansancio acumulado, Memorama ha supuesto para mí una gran experiencia, en distintos aspectos, que quiero compartir con vosotros:
-Sobre hacer algo nuevo todos los días: Creo que desde el principio estuvo claro que mi objetivo era entreteneros y haceros sonreír, mientras trataba temas relacionados con la revista (es de agradecer haber tenido libertad TOTAL en el contenido) pero ya dije alguna vez que este experimento se había convertido casi en una superstición personal, y lo he cumplido rigurosamente. Puedo decir por tanto que funciona, sin ningún tipo de duda. Por trivial que pueda parecer la actividad que hacemos por primera vez, nuestra mente la detecta como una ruptura de la rutina y le dedica en la memoria un lugar especial. Me he sorprendido a mí misma, cuando trataba de ubicar un evento en el tiempo, diciendo cosas como “aquello fue el día de las pestañas” o “el día de los vaqueros”. Y no sólo eso, la percepción subjetiva del tiempo se dilata hasta lo absurdo: una semana se convierte en un mes.

Parece que fuera ayer, o hace mil años.
-La disciplina: Está claro que escribir aquí un post a diario no es trabajar en una mina, pero hacerlo sin descanso, sin fines de semana, durante cien días y compaginarlo con el resto de obligaciones de mi vida, me ha resultado en ocasiones un auténtico calvario. He posteado muchas veces de madrugada y aunque he tenido la suerte de no ponerme enferma, he tenido días malos, días horribles en los que a pesar de estar con el ánimo por los suelos he venido aquí y me he obligado a escribir sobre un tema intrascendente como si no pasara nada. La sorpresa es que el esfuerzo de la voluntad y el propio acto de escribir han resultado ser la mejor terapia (bueno, y los gifs animados, claro). Creo que estos cien días también ha quedado demostrada mi capacidad de compromiso con el trabajo y conmigo misma.
-Las personas: Una de las cosas que más me preocupaba cuando empecé con este blog era la gran cantidad de desconocidos con los que iba a tener que tratar para gestionar y realizar estos memoramas. No quiero extenderme en este punto, ni mencionar a nadie específicamente, para que no se me tache de pelota, pero probablemente ésta ha sido la mejor parte de escribir el blog. Me he cruzado con muchas personas que, más allá del interés profesional, me han demostrado una amabilidad encantadora y que incluso se han convertido en lectores asiduos de Memorama. A todos ellos aprovecho para darles las gracias desde aquí.
Y ahora si me perdonáis, os dejo, que tengo una lista interminable de cosas por NO hacer. ¡Nos vemos!
Lo que mejor recordaré: La plácida satisfacción que me embarga al pulsar el botón de publicar y dar por finalizado el experimento.
Foto: Ignacio Torres